Nuestro país, fuente de inmensa riqueza en recursos naturales, humanos, y diversidad ambiental, está siendo destruido miserablemente por una mafia, enquistada en el poder político económico; y, los peruanos, perturbados de cómo se trastorna diariamente, el orden de las cosas, con manifiesta perversidad.
La mafia burda y salvaje acoderada en el Ejecutivo y en el Congreso de la república, como en las demás instituciones, ha infestado todo el país. Nos gobierna desde un sinuoso Golpe de Estado, aprovechado por la ineptitud de un gobernante y un delincuente, como su mentor.
Los golpes de Estado en Perú, refiere la historia, siempre fueron el instrumento de la inestabilidad. El militarismo y los grupos de poder que concretaron golpes de Estado, incurrieron en el error de creer que un gobierno de facto era necesario para superar los problemas.
Esa historia nos señala los fracasos, unas veces, y la inseguridad, otras, de los gobiernos dictatoriales o autoritarios. Pero también evidencia la ineptitud que han tenido para lograr la paz duradera, la justicia, el orden estable y la libertad permanente, quienes accedieron al poder por el camino de los comicios.
La mafia enquistada en los poderes del Estado, está destruyendo nuestro hermoso país, está destruyendo la esperanza de todo un pueblo y su juventud. Busquemos la forma de cómo revertir ésta situación, que no da para más.
Es imposible pretender gobernar sin consensuar, sin concertar. La mafia que nos gobierna puede imponer, criminalizar, puede mandar, pero “mandar” no es sinónimo de “gobernar”.
Gobernar es convencer con autoridad moral, que es la fuerza que proviene esencialmente de la solidaridad y el compromiso con la mayoría política del país, que se expresa en los comicios transparentes, del respeto y consideración que el gobernante tenga por las minorías.
Esta reflexión supone rescatar el verdadero sentido y praxis del sistema democrático. Resulta peligroso para el prestigio de la misma, que a la ciudadanía, se le obligue a concebir que es suficiente elegir, para creer haber conquistado la democracia, si ésta no se refleja en los cambios estructurales que exige la justicia social.
Los peruanos de buena voluntad nos sentimos obligados a buscar espacios para conversar, concertar y actuar en defensa de nuestro pueblo, cada vez más desocupado, hambriento y enfermo, víctima del abandono y la concupiscencia, sin parlamento libre, dependiente e incapaz de legislar y fiscalizar la corrupción institucionalizada; sin una política orientada al desarrollo y acortar las distancias entre ricos y pobres; sin un poder judicial autónomo que aplique la ley sin discriminaciones, una fuerza armada cómplice, ministerio público sujeto a los vaivenes de la mafia, una policía adocenada, incompetencia de políticos y falta de líderes honestos.
Al margen de la solidaridad o motivos de esta crítica que provocan estas realidades, debemos admitir que hay que aprovechar circunstancias propicias para consolidar la normalidad institucional y lograr definitivamente la necesaria estabilidad política, que la mafia nos está arrebatando.
Es un verdadero desafío para todos, gobernantes y gobernados.
Mientras tanto, el Voto de Castigo, a nivel nacional para los corruptos y electoreros cómplices de la mafia. Para que se vayan todos.
Autor: Santos Alejos Ipanaqué

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