Hace más de 2000 años, Jesús murió en la cruz para hacernos entender la luz, entre el bien y el mal. Albert Einstein, nos demostró que la luz y el tiempo son relativos en la creación de Dios.
Haya de la Torre, siendo agnóstico, predicó principios elementales de fe y fortalecimiento del espíritu humano con su frase “tiene que haber un ser superior, para tanta creación” enseñó y ejerció la política con docencia y decencia, con sentido de apostolado, que las luchas populares no son faenas de mercaderes. Por eso quemó todo aquello que lo ataba a la mundanidad: dinero, hogar, familia, bienes y concupiscencias.
Estando recluido en la Penitenciaría (1933) rompiendo la estricta incomunicación a que estaba sometido, le llega un periódico en la que daba cuenta del fracaso de la revolución de Trujillo, que él ignoraba. La Corte Marcial lo había requerido como autor intelectual del movimiento, los guardias le notificaron “mañana, al amanecer será usted llevado en avión a Trujillo, parece que no hay esperanza, será fusilado”.
La noticia de la detención de Haya de la Torre, primero, y de su inminente fusilamiento, después no pudo quedar entre los límites del territorio nacional, como pensaron sus enemigos. Su personalidad de altísimo relieve intelectual, su martirio conmovió a preclaras figuras del mundo libre.
El gobierno quedó confundido,
ante el número y calidad de las protestas que llegaron de todas partes del
mundo, exigiendo la libertad de Víctor Raúl Haya de la Torre. Una de las
primeras fue la de Romain Rollamd, quien lo calificó “Gloria del pensamiento ibérico”. El cable de Albert Einstein, no
fue menos significativo, diciendo “Destrucción
ilustres personas es detrimento e ignominia para colectividades nacional y
universales. Vosotros asumís grave responsabilidad sobre suerte Haya de la
Torre”. Gerald Hauptmann (Premio Nobel 1922); Rabindranath Tagore (Premio
Nobel 1913); Gabriela Mistral (Premio Nobel 1945); Bertrand Rusell (Premio
Nobel 1950); Bernard Shaw (Premio Nobel 1925) y, otros personajes tan
universales como los antes mencionados, H.G. Wells; Mahatma Gandhi; león Blum;
George Lansbury; Upton Sinclair; José Ortega y Gasset; Miguel de Unamuno;
Gregorio Marañón. Todos ellos hicieron causa común en defensa de la vida del
peruano Haya de la Torre.
A ellos se sumaron
personalidades continentales como los argentinos Marcelo T. de Alvear, Alfredo
L. Palacios, Lisandro de la Torre, Ricardo Rojas; los chilenos Pablo Neruda,
Manuel Maluenda, Armando Donoso; los colombianos Eduardo Santos, Baldomero
Sanin Caro, Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Jorge Eliecer Gaitán;
los ecuatorianos José María Velasco Ibarra, Benjamín Carrión, Jacinto Jijón y
Camaño; los mejicanos Carlos Pillicer, Daniel Cossio Villegas, Jaime Torres
Bodet, Diego de Rivera, Emilio Portes Gil, cuantos y cuantos más.
Pero no sólo pensadores y
políticos lucharon en favor de la vida y la libertad de Haya de la Torre.
También lo hicieron los parlamentarios, los municipios, las organizaciones
obreras, los grandes diarios, etc., de todos los países americanos donde
imperaba la democracia.
La difamación de sus enemigos,
de babor y de estribor, no impidió que se multiplicasen sus discípulos,
mientras Haya, aún en los momentos de mayor tiranía y confusión, mantenía su fe
en el humanismo democrático, que él profesaba e inculcaba en los necesitados de
justicia social y libertad.
Esta semblanza, redactada en
estilo diferente, breve y sencillo, tiene el objeto de presentar una biografía
accesible a un mayor universo de lectores especialmente jóvenes, que aprecien
la dimensión de la figura de Víctor Raúl Haya de la Torre, no solamente los
méritos de su creación doctrinaria y de su quehacer sin tregua, sino,
fundamentalmente, el valor de la vida ejemplar y ejemplarizadora de quien,
frente a la realidad dolorosa de nuestro país, entendió y practicó la política,
como apostolado, con decencia y docencia, para alcanzar democráticamente y
desde ella, erradicar injusticias construyendo unja sociedad de hombres libres,
creadora y dinámica, respetuosa de los derechos humanos y del ordenamiento
legal.
Esta semblanza de amor y
fidelidad a las ideas del maestro, la tienen, quienes se sienten sus discípulos
que abrigan en sus corazones la fe de una inspiración superior que algo bueno
llegará a la conciencia de los buenos y honestos peruanos.
¿Algún otro político, habría
dejado, valla tan alta de moral pública e intelectual?
Sin embargo, de sus propias
entrañas salieron traidores y delincuentes que asesinaron su legado.
Santos
Alejos Ipanaqué
FUENTE: Haya de la Torre, una
vida ejemplar y ejemplarizadora Fondo
Editorial 1989.

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