En 1992, el
Perú inicia un proceso de privatización empresarial, las empresas
gubernamentales se ubican en la minería
y el Petróleo. El desconocimiento del estilo de gestión de las empresas chinas
llevó a muchos a creer que la inversión china significaría el acceso a
innovación tecnológica y a condiciones de trabajo superiores a las aquí
existentes. Nada más equivocado.
Se inicia la
privatización con Hierro Perú, ubicada en Marcona, provincia Nasca,
departamento Ica, los trabajadores y el sindicato ansiaban que China ganaría,
pensando que “el socialismo llegaría al fin a la empresa minera”. Finalmente
celebraron cuando Shougang compró la empresa en 120 millones de dólares, más el
compromiso de invertir 150 millones de dólares en corto plazo. La empresa
aceptó reconocer permanente de los principales derechos laborales y convenios
colectivos con los sindicatos de los trabajadores. Luego, la delegación
sindical fue invitada a China a sostener conversaciones con representantes de
la empresa y de los trabajadores.
El
vicepresidente de la Corporación Shougang les manifestó que: “en todas las
empresas se aplica el sistema de trabajo
chino y que la inversión dependía siempre, del nivel de las utilidades que lograban conseguir con el
trabajo”
El romance
duró muy poco y bien lo dijo Juan de Dios Ramírez Canchari, dirigente
despedido, del sindicato de Hierro Perú y ex secretarios general de la
Federación Minera. Poco tiempo después, 1993, los chinos se negaron a pagar las
utilidades a los trabajadores por 11 millones de dólares. Es también el inicio
de un conjunto de agresiones a los trabajadores que alcanzan su punto
culminante con el despido de 4
dirigentes sindicales y la huelga de 42 días por su pliego de reclamos y
a raíz de ello, la empresa aplicó una política de acumular juicios por deudas a
los trabajadores, desconocimiento de convenios, eliminación de licencias
sindicales, amenazas de despido, a partir del segundo años de operaciones la
empresa china empezó a declarar pérdidas, aún en el auge de la actividad minera con los precios internacionales a su favor,
etc, etc.
Otro caso.
La empresa
china Sapet ganó en 1994 la licitación para explotar el lote 7 en el norte del
país, Lobitos, El Alto en la provincia de Talara, departamento Piura. Se
comprometió perforar 60 nuevos pozos en un año. Sin embargo no hizo ninguno, el
problema, dice Wilfredo Herrado, dirigente del Sindicato Unificado de
Trabajadores del Petróleo y Energía de la región Piura, es que la tecnología que
utilizan los chinos es tan obsoleta en relación a la tridimensional utilizada
por Petroperú, que no pueden encontrar petróleo.
Contra todo lo
esperado, en los años que lleva la empresa en el lote la extracción de petróleo
ha decrecido aproximadamente 25%. Ése sería el resultado del modelo chino de
trabajo: tecnología obsoleta y trabajadores sobreexplotados a los que pagan un
sol por hora en jornadas de 12 horas por día. Como no hay sindicato, SAPET
tiene las manos libres para decidir en qué condiciones se contrata al
trabajador peruano.
Sin embargo,
ese mismo año, 1995, se decide entregar el lote 6, que es el más rico en
petróleo, a SAPET. Al parecer, los procesos de privatización se hacen al margen
de los intereses de la economía, del país y de los trabajadores peruanos.
La otra
globalización.
Finalmente, la
admiración por el milagro asiático que deslumbra a muchos no les permite
observar la “otra ola” que se ha
levantado en el mundo y que deja ver procesos ligados a la globalización, pero
de distinto signo. Frente a las tendencias hacia la sobreexplotación de los
trabajadores en el mundo, hoy está surgiendo un movimiento mundial
contestatario que está poniendo en jaque a las más grandes multinacionales en
el mundo y a los propios Estados que han basado hasta hoy las ventajas
competitivas de sus economías en las malas condiciones de sus trabajadores.
Los bajos
costos laborales, apertura a capitales extranjeros y poca supervisión
gubernamental parecen ser características del actual modelo peruano, que tiende
a profundizarse a partir de la llamada “segunda ola de reformas estructurales”.
La nueva
estrategia no sólo se ha limitado a la simple protesta ante los tradicionales
organismos internacionales, como la Organización Internacional del Trabajo
(OIT), sino que se busca ligar dos temas que, tomados de forma conjunta, han
demostrado su carácter explosivo: Comercio y Condiciones e Trabajo.
De esta
combinación ha surgido lo que hoy conocemos como comercio justo. Si la justicia
parecía pasada de moda, esta tendencia mundial nos dice no sólo lo contrario,
sino que hoy la búsqueda de esa justicia social dispone de nuevos y poderosos
instrumentos de presión.
Es en la
esfera del comercio mundial donde se están enfrentando los distintos modelos de
industrialización y desarrollo. ¿Cómo avanzar hacia la libertad de comercio
cuando hay países que basan su competitividad en condiciones inhumanas de
trabajo? La respuesta es una sola: se tiene que avanzar en niveles homogéneos
de condiciones de trabajo. En caso contrario, las ganancias de las empresas y
los países en el comercio internacional podrán verse seriamente cuestionadas
por una acción internacional que ha tomado la forma, en ésta década, de
campañas internacionales, uno de cuyos principales ejes es la denuncia de los
abusos que afectan las condiciones de trabajo en el mundo.
Cada día hay
más movimientos en Europa y América que participan en esas campañas
internacionales con el objetivo de frenar los atropellos a los trabajadores en
el mundo. Estos movimientos son de muy variado origen: sindicatos, ecologistas,
movimientos de defensa del consumidor, feministas y toda una red de solidaridad
internacional.
Muchas
campañas van dirigidas contra empresas transnacionales, presionándolas para que
suscriban Códigos de Conducta, esto
es, un compromiso que las obliga a respetar derechos básicos de los
trabajadores, cualquiera sea el país donde se instalen. Este mecanismo de
denuncia de los excesos del neoliberalismo está haciendo retroceder a grandes
corporaciones que hace unos años ignoraban por completo a estos activistas.
Se han
movilizado miles de personas e instituciones en el mundo para presionar a la
empresa para que obligue a las que
subcontrata en Asia a respetar los derechos de los trabajadores. Las
transnacionales han transferido el trabajo sucio de la cadena de producción a
otras empresas que subcontratan, sobre todo en el sudeste asiático. Pero la
presión no sólo se centra en las empresas privadas, sino que ahora se está
concentrando en los gobiernos.
China es uno
de los países que está recibiendo mayor presión para que varíe su policía sobre
condiciones de trabajo.
Vietnam es
objeto de campañas contra la sobreexplotación y el trabajo infantil.
Tailandia,
Filipinas, Indonesia, son cuestionadas por la violación de los derechos básicos
de los trabajadores.
El tema de las
condiciones de trabajo y el comercio está
presente en la propia Organización Mundial de Comercio (OMC) a través de
la famosa cláusula social.
Para concluir,
se debe señalar apropiadamente la posición oficial de países emergentes como el
nuestro el de rechazar éste tema, que con el pretexto de protección de parte de
los países industrializados, buscan crear protocolos o acuerdos multinacionales
para imponernos barreras a los productos de países emergentes con el argumento
de que son producidos en malas condiciones de trabajo. La tendencia, sin
embargo, es que este tema forme forma parte de la nueva “agenda mundial” y que
países como Perú, hacen mal en n tomarlo en cuenta.
Para variar,
parece que llegamos nuevamente tarde a la repartición de los modelos, pues
pretendemos poner en marcha uno que ya no tiene mucho futuro.


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